La Conducta Criminal

Conducta Criminal
Conducta Criminal
Conducta Criminal

La psicología forense es una rama de la psicología jurídica que, al igual que la psicología criminal, se preocupa por las causas, motivos, normales o patológicos, que conducen a una persona a convertirse en un criminal.

Esta rama de la psicología intenta abordar la comprensión del fenómeno de la criminalidad, sus causas, efectos y tratamientos, con el fin de auxiliar a la justicia y ayudarle a tomar decisiones que conduzcan a la reducción del crimen y a tomar medidas preventivas o interventivas.

La psicología forense, al igual que la criminología, se ocupa de estudiar la conducta criminal, su génesis, desarrollo y configuración; centrándose en el estudio de la individualidad criminal y de aquellos factores significativos en la historia personal.

La conducta criminal no se presenta por sí sola en el individuo, ni este nace con ella; hay una serie de razones que la produce, sustenta y mantiene. La conducta criminal puede ser consecuencia de un proceso deficiente de la conciencia, una deficiencia en la voluntad, o puede ser resultado de un proceso de influencia psíquica, de cierta incapacidad psíquica, de una afectación psicológica o de unos patrones de personalidad establecidos desde la infancia.

RAZONES QUE SUSTENTAN LA CONDUCTA CRIMINAL

La conducta criminal depende de una falta de conciencia; por ejemplo, se ha comprobado que algunas personas cometen actos criminales sin tener conocimiento de la ilegalidad o del daño en el que incurren. Según lo planteado por Caso Abierto, son personas que no están suficientemente despiertas; el sistema de alerta no es el adecuado y no poseen en el momento de ejecutar la conducta un normal estado de atención. Este anormal estado de atención puede incluir una falla en la conciencia focal, es decir, la persona no es capaz de prestar cuidado deliberado en el momento del hecho.

Singer (1998), citado por Gross (2004), señala que no tener conocimiento o conciencia del acto criminal realizado implica no tener, en el momento de actuar, la experiencia de la propia individualidad, es decir, no poder percibirse a sí mismo como individuo autónomo con sentimientos subjetivos; según Gross, la persona en este caso no estaría cometiendo el acto criminal a sabiendas, es decir, lo haría inconscientemente, de forma automática, sin pensar en ello.

La persona que no tiene conciencia al momento de efectuar una conducta criminal, no sabe lo que hace (Rubin & Mc Neill, 1983, citados por Gross 2004, y Morris, 1992); no posee en el momento un saber subjetivo o interno acerca de las propias acciones, es decir, no presenta pensamientos y sentimientos producidos por la acción criminal, ni saber externo del mundo alrededor, tal como eventos ambientales, control de la exposición a estímulos como sonidos, olores y desenvolvimiento en general de la propia conducta.

Así pues, teniendo en cuenta a Pierre Vendryes (1969), el individuo que comete una conducta criminal sin tener conciencia, presenta en ese momento un pensamiento pasivo; la conciencia no ejerce su función de interpretar los hechos sensibles, es decir, el individuo no está en la capacidad de criticar esas propias interpretaciones y tampoco posee control de sus concepciones teóricas acerca de los datos sensibles.

El individuo no consciente en el momento de llevar a cabo un crimen (Coon, 2003) no se percata de lo que hace, ni de sensaciones, percepciones, recuerdos ni sentimientos producidos en el mismo acto criminal; no se encuentra en estado de vigilia ni lucidez clara y organizada propia de una mente normal, lo que llama Morris (1992), no estar consciente de los propios procesos mentales.

No estar consciente del crimen que se realiza implica entonces no comprender los actos que se ejecutan en el momento; no estar suficientemente despierto, no estar suficientemente alerta, no presentar suficiente atención, no poder focalizar la orientación selectivamente, no tener experiencia de la propia individualidad, no se percibirse a sí mismo como individuo autónomo. Por consiguiente, el sujeto no comete el acto criminal a sabiendas, lo hace automáticamente, sin pensar; no sabe qué está haciendo, no sabe de las propias acciones, no sabe del mundo interior:
pensamientos, sentimientos y actos; no sabe del mundo exterior: eventos ambientales, sonidos y olores alrededor del momento, no se percata de sensaciones, percepciones, recuerdos y sentimientos, no presenta un estado de vigilia y lucidez clara y organizada y no tiene conocimiento de los propios procesos mentales (Morris, 1992).

Según Taborda (2007), el individuo que presenta la conducta criminal y se halla en incapacidad de comprensión presenta ciertos indicadores de realidad, tales como desorientación en cuanto a persona: no sabe quién es; lugar: no sabe dónde se está; tiempo: no sabe fecha ni horario; el individuo no es capaz de dar valoración objetiva y real a lo externo de sus actos; le impone a los actos su propia valoración; no presenta lógica en procesos de razonamiento, juicio, solución problemas o pensamiento; se bloquea la atención y comprensión cognitiva de lo objetivo, por tanto no se comprende la ilicitud del acto puesto que no se valora como tal y hay una percepción distorsionada de la realidad así como una incapacidad de comparar información de entrada con la preexistente.

Como lo señala Betancur (2007), no se puede confundir la falta de conciencia con el error de tipo, que consiste en no saber que se hace un hecho dañoso pero se está consciente, y el error de prohibición, que consiste en saber lo que se hace pero se cree que es permitido, pues esto tiene que ver con el principio de que el desconocimiento de la ley no justifica ni excusa el acto criminal.

Criminologia
Criminologia

Ejemplos de la falta de conciencia como razón de la conducta criminal son los denominados por Morris (1992) estados alterados de conciencia (EAC o AEC), en los cuales se incluye el sueño, fuere por falta o presencia súbita como lo nombra Carlson (1996) en la narcolepsia; también se encuentra la privación sensorial en sus diversas formas, y Morris muestra que a través de experimentos es posible sufrir periodos de psicosis; la meditación, que según Benson (1975), Deikman (1973) y Schwartz (1974), nombrados por Morris, hace que se disminuya el grado de control consciente sobre la realidad; la hipnosis, proceso que según Morris disminuye la voluntad del sujeto sugestionado y lo convence fácilmente de una acción a ejecutar, y los estados producidos por psicofármacos, como sustancias estupefacientes o prohibidas, medicamentos y sustancias tóxicas, los cuales afectan notoriamente la conciencia.

Otro ejemplo de falta de conciencia en el momento de ejecutar un acto criminal es también el estado de inmadurez psicológica, es decir, una persona con inadecuado desarrollo mental, ya sea debido a circunstancias genéticas o hereditarias, problemáticas en el proceso de gestación, complicaciones durante el parto o problemas presentados durante la infancia, puede no tener un óptimo conocimiento de la realidad o de su propia conciencia y por tanto puede cometer un acto criminal sin comprender su ilicitud ni el daño causado; es el caso de ciertos grados de retardo mental.

También ciertos trastornos mentales pueden llevar a una persona a cometer un acto criminal sin comprender su ilicitud y daño; es el caso de los trastornos mentales denominados permanentes, los cuales incluyen principalmente trastornos orgánicos como la esquizofrenia y el trastorno afectivo bipolar, entre otros, y los trastornos mentales transitorios en los cuales pueden observarse algunos estados disociativos de ansiedad momentáneos.

Otra razón que explica la conducta criminal es la falta de capacidad de voluntad, autodeterminación, autonomía, motivación o intencionalidad, es decir, carecer de lo que Betancur (2007) llama fenómeno volitivo; aquí el accionar criminal se presenta como una fuerza a la cual no se puede resistir, no se tiene libertad de elección, se presenta incapacidad para conducirse a sí mismo y para inhibir los propios impulsos criminales.

Siguiendo a Betancur, en estos casos la voluntad existe pero se encuentra viciada; existe acción, pero no una voluntad libre, lo cual se complementa con lo afirmado por Domínguez (1998) respecto a que se carece de capacidad para decidirse con conocimiento de causa; se carece de soberanía sobre sí mismo.

Para Pierre Vendryes (1969), la autonomía o voluntad humana consiste en que el hombre se da a sí mismo su propia regla de acción; el hombre es dueño de su comportamiento, libre de toda servidumbre externa, se autorregula. En este caso, la persona no sigue sus propias reglas de acción; en el momento del hecho criminal no es dueño de su comportamiento y no se determina a sí mismo, por tanto no es responsable del acto criminal que realiza.

Tomando como referencia a Vendryes, el hombre en el acto criminal entonces no puede dar una dirección general a su conducta; no tiene el poder de inicio absoluto, no quiere la acción que ejecuta, pero aun así la realiza.

Hay criminales que se valen de las explicaciones anteriores acerca de la voluntad de la acción para librarse del castigo que brinda la ley; pero no es tan simple, ya que la acción voluntaria ha sido estudiada de manera profunda por la psicología forense: es diferente tener una falla con la capacidad de decisión y elección al momento de efectuar un acto criminal que tenerla en la consecución del mismo, pues esta incluye una razón consciente y, por tanto, se presenta como resultado de unos antecedentes y una planeación de consecuentes.

En el individuo criminal, entonces, hay que diferenciar su voluntad de su motivación; la motivación en la conducta criminal, teniendo en cuenta lo planteado por Hofstatter, Helmuth, Weinert y otros (1982), responde al porqué de la acción, diferente al querer de la acción, que sería la voluntad. Los motivos son disposiciones de la personalidad dotadas de una impronta individual; dicha motivación presenta ciertas características que la hacen llamar como tal, dentro de lo cual se encuentra la incitación, una anticipación de acciones que conducen a un resultado, evaluando las consecuencias, objetivos y utilidad para realizar una valoración cuya tendencia pueden ser la acción.

Además de estas características, existen otros factores que determinan la motivación de la conducta criminal y hacen que el crimen no sea resultado de la falta de voluntad en el momento del hecho, tales como:

  • La atribución causal, en la que hay una causa o resultado previsibles para llegar a una acción.
  • La norma de referencia, en la cual hay una autoevaluación de todo lo que puede suceder.
  • La evaluación ajena acerca de posibles resultados.
  • Una estructuración del objetivo desde una perspectiva temporal donde se esperan consecuencias de las acciones realizadas.
  • Una expectativa de resultado de la acción en la que se observa una probabilidad de lograr ciertas respuestas; unas expectativas de consecuencia de resultado donde hay un grado de confianza en que las respuestas obtenidas traerán consigo consecuencias deseadas o indeseadas.
  • Una concepción específico motivacional de contenidos situacionales de requerimiento, en la cual se encuentra una impronta individual de cada uno de los motivos sobre la acción
  • Unas ponderaciones valorativas específico motivacionales, en las que en una acción se ven motivos preferenciales del individuo
  • Unas tendencias específicomotivacionales de búsqueda frente a las de evitación en las que en la acción hay búsqueda y evitación según la personalidad del individuo.
  • Unos estándares normativos específico motivacionales en los que en la acción el individuo realiza una autovaloración de su grado de habilidad, y
  • Unas tendencias de atribución específico motivacionales en las que en la acción el individuo realiza una revisión de atribuciones causales de la propia acción y de sus resultados.

Así pues, cuando se habla de motivación se hace referencia a un aspecto consciente; esta motivación es diferente a la voluntad o capacidad de autonomía y decisión personal que no cumple con lo antes expuesto. En la motivación hay control del hecho punible; en la voluntad no hay premeditación, simplemente hay decisión y esta puede estar determinada por estados mentales patológicos e influencia psíquica por parte de otra persona, o puede estar en adecuada situación de normalidad, es decir, no verse influida pero tener otra explicación psicológica.

Ya se sabe entonces que la conducta criminal a veces no es resultado de la voluntad o capacidad de decidir y gobernarse según lo que se quiere. Hay otros casos en los que la conducta criminal se puede ver notablemente influida por la voluntad de otro sujeto o situación; este fenómeno actúa como la tercera razón de la criminalidad, la influencia psíquica.

La conducta criminal puede ser dirigida por ciertas influencias psíquicas conocidas en el código penal y en el código civil colombianos como fuerza, miedo insuperable, mantenimiento en error, hacer caer en artificios, hacer caer en engaño, abusar de la necesidad, aprovecharse de la pasión o inexperiencia del otro y otros mecanismos con los cuales se induce, promueve, instiga e incita a cometer actos, como la prostitución, comercio carnal, estafa, extorsión, inducción o ayuda al suicidio, entre otros delitos, así como colocar a la víctima en condiciones de indefensión o inferioridad en el momento del ilicito. Valencia (1994) también muestra la relación entre constreñimiento e instigación semejándolo al término coacción.

La conducta criminal dirigida por cierto grado de influencia psíquica también es conocida como constreñimiento para delinquir o constricción, cuyo significado, según el diccionario de la Real Academia Española, se traduce en la acción de obligar y forzar a hacer algo, en este caso, ser forzado a cometer un acto criminal.

Teniendo en cuenta a Botero (1999), la conducta criminal se puede ver influenciada por una situación de fuerza, la cual se traduce en coacción moral que consiste en generar temor para que la persona realice el acto delictivo. La acción de hacer caer en error afecta el entendimiento, pero la violencia, sea psíquica o psicológica, incide en la voluntad.

La violencia, precisa Botero, y lo afirma también Valencia (1994), es la fuerza que se usa contra alguna persona para obligarla a cometer el acto criminal por medios que no puede resistir; es una presión sobre el ánimo, que influye de una manera tan determinante que la voluntad no queda libre, sino sometida al agente de la fuerza.

Según Valencia, la insuperable coacción ajena hace inculpable al sujeto porque no existe en él, en las condiciones concretas, libertad de elección hacia cometer o no el acto criminal; su voluntad se encuentra disminuida y por tanto hace que no se le pueda exigir un comportamiento conforme a la norma. Como expresa Reyes Echandía, se le constriñe, lo cual según afirma Arena, nombrado por Valencia, se le obliga a cometer un acto criminal que sin tal sometimiento no realizaría, es decir, se le constriñe moralmente.

En consecuencia, siguiendo a Valencia, se debe distinguir entre fuerza y coacción frente a la conducta criminal; la fuerza es la violencia sea psíquica o física que se ejerce sobre la persona para que cometa el acto criminal; la coacción es la fuerza física o moral que un sujeto ejerce sobre otro para obligarlo a cometer un hecho punible, permitiéndole conservar una mínima capacidad de opción, es decir, no anula su voluntad, no lo violenta, solo le genera influencia sobre su voluntad.

Otra forma en la cual la voluntad se ve influenciada en una conducta criminal es la generación de miedo insuperable. De acuerdo con Valencia, el miedo insuperable es la perturbación angustiosa del ánimo ante un peligro real o imaginario presente o futuro; es cuando se llega al estado de terror, en el cual desaparece la conciencia y se disminuye el control de la voluntad, y es fácil incurrir en algún acto criminal.

Según López (2004), el miedo puede influir precipitando una acción criminal, venciendo la voluntad y eliminando la conciencia. Pero este tipo de miedo realmente debe de ser insuperable y de grave intensidad, que influya realmente sobre la conciencia y que la elimine temporalmente o la limite al extremo; que el mal que se tema sea igual o mayor que el mal causado y que el crimen sea fruto del estado de miedo, es decir, que haya relación de causalidad.

Otro tipo de influencia sobre la conducta criminal es la generada por intimidación o provocación; según López (2004), aquí se disminuye la capacidad de entender y querer, es una incapacidad de control para sobredeterminar según criterios racionales los propios actos, en este caso, el acto criminal que se comete.

La intimidación o provocación actúa entonces como influencia psíquica dirigida hacia la consecución de un acto criminal; según López, en este fenómeno se presenta la disminución de responsabilidad porque el individuo actúa dirigido por un acto de agravio, ofensa o provocación que genera una situación de alteración emocional que lo hace actuar según ese miedo.

De acuerdo con López (2004), la provocación termina entonces generando la realización de una conducta criminal

[…] de acto vilipendioso, burla, ofensa y agravio que termina generando el impulso de la ira pudiéndose llegar a situaciones de corto circuito que pueden conducir a la pérdida de control, gracias la influencia de constantes y prolongadas ofensas, insultos y denuestos en algunas personas, formándose un punto patológico permanente, que resulta en una explosión motora que lleva, por
ejemplo, a cometer un homicidio.

La provocación actúa como comportamiento motivador, generando una reacción emocional en la cual el hombre actúa como simple instrumento ciego de fuerzas causales.

El hecho provocador puede ser una violencia física o moral, amenaza o extorsión, puede consistir en un gesto, ademán, una palabra ofensiva o burlona, acto o coacción moral o física, injuria, calumnia mofa degradante, todo lo que esté contra las sanas costumbres, puede provenir de un ultraje, daño a un bien personal o de otro, afrenta vil a las ideas, credos religiosos o políticos. (López,
2004).

Constituye comportamiento motivador a la ira o al dolor el acto que es capaz de mover o transformar en forma profunda el sustrato anímico del individuo hasta generar una reacción explosiva y provocar una conducta criminal.

Otra explicación acerca del porqué de la conducta criminal es la que se presenta como resultado de un estado de incapacidad psíquica.

Según Botero (1999), se entiende por capacidad psíquica la aptitud del individuo de poderse obligar por sí mismo y sin el ministerio, autorización o dirección de otra persona, es decir, tener la capacidad de comprometerse y responsabilizarse de los propios actos.

Pero no todas las personas tienen dichas facultades; según Botero, hay individuos que no poseen suficiente responsabilidad psicológica, ejemplos de estas personas son los dementes o enfermos mentales, los impúberes, que no han cumplido catorce años o la mujer que no ha cumplido doce años, y hasta los disipadores; todos estos pasan a ser denominados interdictos. (Artículo 1504, CCC). Entonces, la conducta criminal, en este caso, se explica por una falta de capacidad psíquica para poder valorar en correcta medida el acto criminal.

Ese estado de incapacidad psíquica funciona en el momento del acto criminal según las manifestaciones características de un estado actual, una etiología, el diagnóstico y el pronóstico de la posible enfermedad anterior, así como los posibles tratamientos efectuados con anterioridad, lo cual es tenido en cuenta en el artículo 549 del Código Civil colombiano y el artículo 659 del Código de

Procedimiento Civil colombiano.

La afectación psíquica es otra de las razones de la criminalidad, llamada también lesión psíquica, daño psicológico o daño moral.

Ciertos individuos se convierten en víctimas y luego en victimarios. Son ejes de situaciones de acoso moral o maltrato psicológico,

[…] se ensañan contra ellos a través de conductas de desestabilización, insinuaciones, alusiones malintencionadas, mentiras, humillaciones y burlas conduciéndose a una posición de impotencia y destrucción; se mantiene al individuo en un estado permanente de ignorancia e inferioridad, se le molestan los entusiasmos y sus motivaciones se desbaratan, se produce una degradación de la
persona y de sus actitudes, de su historia, de su dignidad y su sufrimiento, cosa que no es importante para el agresor ni para los observadores, pero para el individuo es devastador (Irigoyen, 1999).

Este estado es parecido al de influencia psíquica antes mencionado; Irigoyen muestra cómo al principio el individuo sufre un proceso de tensión psíquica como mecanismo adaptativo, pero que luego, de forma inconsciente, lleva a estrategias psíquicas de huida o ataque. No se tiene oportunidad de elegir y es cuando el individuo reacciona en fases sucesivas de alerta, resistencia y agotamiento, llegando en última fase a la posible comisión de un crimen.

Según Olivera, citado por Urra y Vásquez (1997), este tipo de afectación psíquica al generar un trauma psicológico grave en el plano emocional puede producir choques sentimentales, inseguridad, depresión y angustia, pero también agresión, rabia y, como complementa Irigoyen, genera el fenómeno de la tensión psíquica, insomnio, fatiga e irritabilidad, lo que finalmente pueden conducir a la comisión dicha conducta criminal.

Teniendo en cuenta a Genovard, Gotzens y Montane (1982), el miedo producido por dicho maltrato psicológico, caracterizado también por una percepción de amenaza real o imaginaria de un peligro, puede llevar a síntomas de irritabilidad, hipervigilancia y agresividad, como lo muestra Buron (2003) en el estrés postraumático, por ejemplo, mediante el cual se reviven circunstancias de terror anterior que terminan en una respuesta inconsciente de ataque y, por tanto, pueden provocar una conducta criminal.

La última razón aquí expuesta acerca de los fenómenos que producen la criminalidad es la que resulta de cuidados inapropiados en la infancia del individuo y que terminan transformándose en rasgos de personalidad estables en el tiempo.

Niños que no fueron vigilados adecuadamente en la infancia, cuya corrección y sanción fue inmoderada y la formación moral fue deficiente, a tal punto que generaron patrones psicológicos con tendencia a la criminalidad ya vistos en personas adultas.

Mormont y Giovannangeli, citados por Jiménez (2001), señalan que las personas con una historia de vida traumática pueden presentar una fuerte tendencia a la criminalidad.

Casabona (1986) afirma que las personas con esta tendencia criminal presentan cierta aptitud personal caracterizada por unos rasgos que definen la personalidad del sujeto a lo largo de un tiempo indeterminado, aunque no definitivo puesto que esos componentes de la personalidad son susceptibles de variación o de incidencia.

Según Casabona, la conducta criminal responde a esos defectos y anomalías de la personalidad, pero también a circunstancias exteriores extraordinarias, como lo explican Heilbrun y Heilbrun (1995), citados por Jiménez, como ciertas características demográficas que suben la probabilidad de ser criminal, complementadas por Esbec (2003) como el estatus socioeconómico bajo y nivel educativo bajo, aunque eso no evita que existan criminales de “cuello blanco”, quienes provienen de estatus socioeconómico alto y nivel educativo alto, solo que el crimen hace que se mire como modo de ascenso de estatus y medio para conseguir la subsistencia, y la educación, una de las principales pretensiones suyas es generar respeto por la norma e incorporación de principios y valores humanos y sociales, una persona que se retira a temprana edad del estudio, deja de percibir muchos preceptos propios de la vida humana en sociedad.

Otra característica, siguiendo a Esbec, es el contexto donde se crían o base social, es decir, si el individuo se cría rodeado de violencia, de otras personas violentas y agresivas con conducta “anomie” o de no incorporación de la norma. El ambiente, como señalan Dekleva (2001) y Sreenivasan (2000), que incluye uso y abuso de sustancias psicoactivas, disponibilidad de armas, modelamiento de antivalores sociales y, por supuesto, también las relaciones familiares (Soria & Roca, 2006) donde la conducta criminal pasa a depender de técnicas disciplinares duras, puni
tivas, laxas, erráticas y desarrollo pobre de habilidades sociales, estilo indulgente y negligente de crianza, abuso emocional, familias rotas, ausencia de algún padre, menor observador de conflictos de pareja, ausencia de supervisión y control hacia el niño y padres delincuentes. Como señala Esbec, la conducta criminal tiende a iniciarse en familias conflictivas, permisivas o violentas; el niño se separa de la familia antes de los 16 años de edad, lo cual termina generando desajuste social precoz.

Teniendo en cuenta a Jiménez (2001), esas anomalías de personalidad incluyen mecanismos de defensa o estrategias de afrontamiento que emplea el individuo, y son definidos en el DSM IV TR como “procesos psicológicos automáticos que protegen al individuo frente a la ansiedad y las amenazas de origen interno o externo donde el individuo suele ser ajeno a estos procesos y a su puesta en funcionamiento”.

DSM IV TR
DSM IV TR

Estos mecanismos de defensa, según el DSM IV TR, “median las reacciones personales frente a conflictos emocionales y amenazas de origen interno y externo”, a través de niveles de defensa como el nivel de acción donde el individuo se enfrenta a amenazas de origen interno o externo mediante una acción o una retirada. Este nivel contiene el mecanismo de la agresión pasiva, el comportamiento impulsivo o acting out, el nivel de desequilibrio defensivo en el que ocurre un “fracaso de la regulación de la defensa para contener las reacciones del individuo frente a las
amenazas, lo que conduce a una marcada ruptura con la realidad objetiva”; además, contiene mecanismos de distorsión psicótica y proyección delirante, entre otros.

Siguiendo con Jiménez, esas anomalías de personalidad incluyen también mecanismos adaptativos, recursos psíquicos, deficiencias mentales que llevan al comportamiento violento, conductas que implican trasgresión a la norma, características biológicas, como lo afirman Heilbrun y Heilbrun, tales como la genética y la herencia. Además Soria y Roca (2006) muestran que hay ciertos genes que influyen en la motivación para la realización de la conducta criminal.

Esta transmisión genética de predisposiciones que facilitan la conducta criminal se ha sustentado en estudios de familias que así lo demuestran, en los que se comparan unas generaciones con otras (Soria & Roca,2006); también se han realizado estudios con gemelos, niños monozigóticos o dizigóticos, niños adoptados, en los que se han determinado características delictivas que concuerdan con las de los padres biológicos; por ejemplo, en un estudio danés en 1984 con 14.427 niños adoptados se observó que 981 niños y 212 niñas habían tenido una o más detenciones por actos delictivos comparados con el grupo control. Y también otros estudios sobre el síndrome XYY y de existencia de cromosoma “Y” masculino, el cual se traduce en información genética de violencia.

Heilbrun y Heilbrun también plantean como anomalías de personalidad con tendencia a la criminalidad, ciertas funciones neurológicas, como lo complementa Esbec, niveles alterados de serotonina y testosterona que hacen a las personas más agresivas, violentas e impulsivas; o como afirman Soria y Roca, correlaciones electrocorticales, actividad de grupos neuronales del cortex, lo cual ha demostrado diferencia en respuesta neuronal entre criminales y no criminales, secreciones endocrinas que generan falta de capacidad para controlarse e incremento de irritabilidad como es el caso de la noradrenalina, y la disfunción cerebral como la hiperactividad infantil y la epilepsia, que pueden llevar de igual forma a conductas criminales.

También el abuso de sustancias psicoactivas puede generar tendencia hacia la criminalidad al producir desinhibición conductual así como ciertos trastornos mentales específicos como la psicosis y la manía, entre otros (Casabona,1986).

Elbogen, Mercado, Acalora y Tomkins (2002) citados por Esbec, señalan también que las personas que han presentado variados y prolongados conflictos interpersonales desde la infancia es factible que se conviertan en criminales por la necesidad de repetir cierta violencia hacia los demás, repetición que no se sacia tan fácilmente; individuos que presentan en su historia fantasías con contenido violento también pueden llegar a detonarse y llevar estas hacia la realidad.

Scott y otros (1997), citados por Jiménez, afirman que entre los factores individuales que propician la conducta criminal se encuentran la falta de control, desde la infancia, de ira o irritabilidad que conducen a explosiones conductuales; la tendencia a generar, desde temprana edad, amenazas contra otras personas y tentativas de agresión contra bienes y personas. Los estudios de Heilbrun y Heilbrun (1995) también mencionan los rasgos de personalidad construidos sobre la ideación paranoide y la manía, la tendencia a la manipulación, la impulsividad sexual, la baja tolerancia a la frustración, y las personalidades raras y excéntricas que no se acomodan al ambiente y se acompañan de un comportamiento errático.

Esbec también menciona la pulsión personal hacia la maldad, que el psicoanálisis denomina como thanatos, pero hace referencia a los refuerzos particulares que la persona encuentra entre la relación del estímulo y su consecuencia, lo cual se aplica en la tendencia hacia el crimen, es decir, el individuo encuentra una fuente de placer en la conducta criminal y busca reforzarla sumándose a la poca intimidabilidad por la norma. Karl Lorenz (1966), citado por Soria y Roca (2006), en estudios etológicos sobre agresión humana, nombran esta pulsión hacia la maldad como una necesidad, al igual que los animales, de descargar la agresividad, lo cual conlleva a realizar actos criminales.

También las personas excesivamente controladas pueden involucrarse con la tendencia hacia la conducta criminal; Núñez (1979), citado por Jiménez, afirma que las personas muy controladas pueden presentar conductas peligrosas y criminales debido a explosiones conductuales derivadas de ese excesivo control, es decir, no muestran formas para disminuir el estrés y, por el contrario, lo acumulan y resultan así más peligrosos que los individuos crónicamente agresivos.

El Instituto para el Estudio de Conflicto y Agresión (2001), citado por Esbec, afirma que el uso de diversos tipos de violencia en la historia del individuo, específicamente en su infancia y modelos parentales y fraternos de violencia, generan rasgos de personalidad violentos y, por tanto, llevan hacia conductas criminales. Ferris, Sandercock, Hoffman, Silverman, Barkun, Carlisle y Katz (1997), citados por Esbec, lo ratifican en sus estudios, pues encontraron que una fuerte razón para presentar conducta criminal es haber sido víctima de abusos o testigo de abusos durante la infancia.

No siempre la tendencia a la conducta criminal se da por familias disfuncionales, pues hay individuos que presentan familias muy estructuradas y se transforman en los peores criminales.

Otra razón muy común, aparte de las ya expuestas acerca de la tendencia a la conducta criminal, y que tiene que ver con los rasgos de personalidad establecidos desde la infancia, es la percepción de autoeficacia.

Según Soria y Roca (2006), “la conducta de las personas depende de los refuerzos externos y del modelamiento. Las personas desarrollan conductas propias aprendidas mediante imitación de otras personas que sirven de modelos”. Dollard y Miller (1941), citados por Álvaro y Garrido (2003), con respecto al aprendizaje vicario, afirman que “las recompensas determinan el aprendizaje de un hábito y su mantenimiento a lo largo del tiempo, así como su generalización a situaciones nuevas o similares”.

Bandura (1997) señala que la autoeficacia es la percepción que la persona tiene de su propia capacidad para efectuar ciertos comportamientos. Esta percepción influye en el propio pensamiento, en las reacciones emocionales, su motivación y su comportamiento. Además, afirma que la percepción de autoeficacia influye en el individuo según cuatro procesos: el cognitivo, en el cual se genera influencia en las creencias y tendencia hacia la anticipación según dichas creencias; la motivación, mediante la cual el individuo realiza atribuciones de éxito o fracaso en su actividad
actuando en un círculo como refuerzo y motivación; el afecto, donde si se realiza lo contrario se genera ansiedad o depresión, y la selectividad, que permite evitar o
seleccionar según el patrón de autoeficacia.

Así, el individuo puede llegar a aprender la conducta criminal por imitación a través del modelamiento, que es lo que se está viendo en las culturas violentas, y una vez ha tomado este aprendizaje, generara una percepción de que solo es autoeficaz para eso, es decir, con el tiempo, sentirá que sus capacidades solo se sustentan en la criminalidad y que no tiene otras capacidades para sobrevivir; su percepción de autoeficacia estará dirigida a cometer crímenes y tenderá a desechar otras posibilidades de conseguir ingresos.

Hare (1980), nombrado por Stoff, Breiling y Maser (2002), plantea unos rasgos característicos propios de personalidades psicopáticas que también pueden ser tenidos en cuenta en personalidades criminales; aunque hay que hacer énfasis en que no todo psicópata es criminal, estos rasgos son muy característicos de la conducta criminal.

Entre los rasgos señalados por Hare se encuentra:

  • La locuacidad y el encanto superficial. La persona tiende a mostrarse controlada, tranquila, espontánea, con facilidad para expresarse y mostrarse agradable para los demás pero realmente no es así.
  • El egocentrismo y sentido grandioso de sí mismo, es decir, el individuo siente que los demás son inferiores a él.
  • Mentiras patológicas. La persona miente sin necesidad, lo toma por costumbre.
  • El engaño y la manipulación con lo que siempre tratan de manejar a los demás, enredarlos y utilizarlos para su beneficio.
  • La ausencia de remordimiento y culpa. Este es uno de los rasgos más importantes, ya que es el que impide sentir el dolor del otro y ser solidario con los demás, y hace que la conducta tienda siempre a vulnerar los derechos de los otros, es decir, a la conducta criminal.
  • Escasa profundidad de los afectos. La persona puede imitar emociones, formalismos y cortesías, pero en su interior no presenta el llamado calor humano que las posibilita.
  • La insensibilidad y falta de empatía, que se caracteriza por crueldad y tendencia a la individualidad.
  • Irresponsabilidad. No aceptar la responsabilidad de sus acciones de daño hacia los demás, de hecho tiende a culpar a los otros y justifica su agresión.
  • Necesidad de estimulación, es decir, presenta propensión hacia el aburrimiento lo que los hace buscar emociones fuertes, de riesgo, temerarias y estimulantes en las que se incluyen las conductas criminales.
  • Estilo de vida parasitario. La persona no presenta proyecto de vida estructurado y busca ser mantenido por los demás o mantenerse a costa de los demás.
  • Impulsividad, es decir, se presenta un escaso control comportamental, se tiende hacia la agresividad y a no medir sus actos.
  • Presentación de problemas conductuales precoces, como deserción escolar, llamadas de atención en la escuela, expulsiones, pandillerismo, o como especifica el DSM IV TR, son niños que en su conducta ya violan los derechos de los otros o empiezan a violar normas sociales a muy temprana edad, al igual que ya presentan comportamiento agresivo que causa daño físico o amenaza a otras personas o animales, tienden a reaccionar agresivamente, son proclives a un comportamiento fanfarrón, amenazador e intimidatorio y a la destrucción deliberada de la propiedad de otras personas.

Otro rasgo que indica Hare es la falta de realismo y metas a largo plazo; son desproporcionados y fantasiosos en sus aspiraciones, presentan conducta social promiscua que les lleva hasta a ejercer de la prostitución y a cometer abusos sexuales; presentan versatilidad criminal desde temprana edad, es decir, violan cuanta norma se encuentren y realizan cuanta actividad ilegal les sea posible y presentan relaciones maritales breves.

Estos rasgos se pueden complementar con los planteados en el DSM IV TR como deshonestidad, uso de un alias, tendencia a estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer, despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás, e incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas.

Por otra parte, Casabona (1986) manifiesta que los psicólogos han comprobado que, una vez vencidas las inhibiciones y resistencias síquicas y morales para la realización de un acto criminal, es necesario un esfuerzo mucho menor para su repetición, porque existe en el ser humano una cierta tendencia a volver a realizarconductas llevadas a cabo en algún momento.

Es posible, entonces, que una vez se ha cometido una conducta criminal se busque realizar otro crimen de la misma naturaleza o de otra índole, es decir, como lo afirma Giavaldini (1999) citado por Jiménez, existe la posibilidad de reiterarse en la acción criminal.

Todas las razones expuestas, y muchas otras, deben considerarse a la hora de evaluar un crimen y determinar el origen de esa acción criminal; sin obviar que debe haber un castigo, es recomendable brindar una atención adecuada a cada razón criminal. Una persona que no fue consciente en el momento del acto criminal no puede ser tratada igual a un individuo que comete el crimen de acuerdo con sus rasgos de personalidad, o que se encontraba en estado de influencia psíquica, o que responde con una conducta criminal ante un acoso psicológico y se halla afec
tada. Toda persona debe tratarse de una forma, de acuerdo con su razón, para así evitar la reiteración del crimen, de lo contrario la conducta criminal tenderá a repetirse. He aquí el papel de la psicología forense en auxilio de la justicia: determinar causas y razones criminales así como posibles tratamientos para que los jueces puedan tomar decisiones justas.